El pasado jueves por la tarde me explicaba Jordi la excursión que tenía preparada para estos días que hemos pasado en la Vilella Baixa (la New York del Priorat). Recalcaba sus argumentos con una página impresa de Internet, ilustrada con una fotografía calcada a esta:

Jordi siempre intenta que me olvide de mis diversas fobias y nunca lo consigue. Así que en la foto no aparezco yo, que sufro de vértigo. Cada día estoy más agradecido a esto de Internet.
Como contrapartida disfruté de una mañana soleada de paseo junto a mi hermano, cuñada y sobrina. Luego comiendo conejo al ast y jugango al Carcassone. Luego dejando que la soñolencia nos derrotara.
Por la noche, los excursionistas, los turistas y los que paseamos disfrutábamos de nuestra mútua compañía en la planta principal de la casa que tenemos allí. Mi pequeña sobrina se despertó asustada en el piso de arriba, en la misma habitación en la que pasé más miedo en mi vida. Así que a pesar de que era hora de estar durmiendo la chavala se bajó a ver cómo cenábamos. Me tocó a mi subir al piso de arriba, solitario, silencioso, frío, a buscar el cuchillo para cortar la tarta o lo que fuera. Se me olvidó lo que hice, solo sé que los pelos eran escarpias y que tenía tres bultos en la garganta, el ganglio hinchado y los dos cojones.
Un verano, cuando los tenía “pelaos” y aún me faltaban años para cortarme afeitandome, nos fuimos mucha gente a la casa de la Vilella Baixa. En el camino, en el maletero de un Renault 12 familiar, junto a varios criajos como yo, tuve por primera vez miedo a morir despeñado por el precipio que moldeaba las curvas que trazaba el coche. No fue el momento en que pasé más miedo de esas vacaciones.
Nos tocó dormir a mi primera enamorada y a varios criajos en la planta de arriba. En esos tiempos la casa olía a viejo y transpiraba a decrépito, los muebles aún resistían la batalla del Ebro y de las paredes colgaban crucifijos. Parecía la casa del ideal católico, la muerte*.
A pesar de eso mi edad me permitía licencias como la alegría, el optimismo y disfrutar a 40 grados a la sombra. Hasta que vi el cuadro. Hasta que el cuadro me miró. Primero parpadeó y luego me acusó con la mirada. Yo estaba estirado en la cama de matrimonio compartiéndola con un dormilón que no se daba cuenta de la situación. Desperté a mi enamorada, en el colchón más cercano, y le expliqué lo que pasaba. “Vanesa**, el quadre m’está mirant”. El cachondeo general fue el interludio a el silencio de las miradas desaprobadoras, acusadoras, del cuadro, a la total ausencia de parpadeos de la bodeguera que posaba en el papel. Cuando el cansancio me venció no conseguí tener ninguna pesadilla, no conseguí soñar con nada. Me bloqueó, me redujo a nada.
Estas vacaciones son como la mirada acusadora del cuadro. Me han reducido a nada, un lugar para empezar otra vez.
* Afortunadamente hoy se nota la mano de mi gemelo, de mi tío abuelo y de mi tía.
** Pronunciat amb essa sonora.